Man
jodío el finde. Y lo siento y quiero mucho a mis amigas madres o
futuras madres, pero es así. Pagaría porque me garantizaran hoteles
y restaurantes sin niños, porque al final, el spa termina
convirtiéndose en piscina infantil, la zona de cócteles en la del
escondite y los pasillos de las habitaciones a las 9am en el
tulallevas.
En
aquella época no lo entendía, pero ahora sí, entiendo por qué mi
tía nos mandaba a los niños a la cama a las 8pm. No porque fuera
hora de dormir, sino porque decidía que empezaba el momento de los
adultos y nos quería fuera de su vista. Cruel, pero necesario.
También entiendo a los padres de los 80, que con una mirada hacían
que soltaras lo que hubieras cogido en la tienda y ni se te pasara
por la cabeza pedirlo, o te aleccionaban en casa antes de ir a un
restaurante y ni se te ocurría levantarte de la mesa de motu propio,
antes tenías que esperar a que todo el mundo hubiera terminado,
pedir permiso y decir dónde ibas. Y te localizaban sin necesidad de
que tuvieras un móvil porque más te valía estar donde te decían
la primera vez que te llamaban.
Ahora
ya no hace falta nada de eso. Le das un móvil al crío para tenerlo
localizado, le sueltas donde quiera que vas y le dejas pegar gritos,
aporrear puertas, echar carreras y jugar allí donde le apetezca,
porque no se vaya a traumatizar si le dices una vez que no. Y a costa
de eso, los demás no podemos disfrutar de una cena romántica, de un
spa, de un cóctel ni del sueño y además te miran mal por quejarte.
Menuda rara, sólo es un niño.
No
me gustan los niños. Pagaría por lugares en los que no les dejaran
entrar. Quizá algún día lleguen a gustarme, seguramente se me
caerá la baba con los niños de mis amigas y siempre cabe la remota
posibilidad de que algún día pretenda tener los míos, incluso me
encantan los niños capaces de mantenerse formales y pedir las cosas
por favor, pero no me gusta encontrarme a los niños de los
desconocidos berreando en los hoteles y restaurantes a los que voy.
No me gustan sus llantos por encima de la música del chillout, ni
sus gritos cuando intento disfrutar de una cena, ni oírles decir
dieciséis veces “mamá” sin que la susodicha les haga callarse,
ni que me empapen cuando se tiran a la piscina... Pero es que son
niños. Ya. Pero son tuyos. Yo quiero disfrutar libremente de lo que
House llama “la bruja que llevo dentro”.


