Aquelarre familiar


No me había dado cuenta hasta ahora de lo presente que está, no me había dado cuenta hasta ahora de lo mucho que recurro a tópicos ignorantes, no me había dado cuenta hasta ahora desde cuán profundo pueden emerger las lágrimas cuando crees que estás bien.

Y, como en un cuento bien hilado, en torno a la princesa dormida, pinchada con una rueca, se perfilan los personajes. Allí estaba, de espaldas a ella, con la cabeza agachada sobre una de tantas revistas rosas que no había comprado, manteniendo un contacto autoimpuesto, vacío de calor humano, pleno de deseo de aparentar.

Recelosos unos de otros, se supervisan sin disimular; incapaces de ocultar su complejo de culpa, hacen méritos futiles, tratan de aportar un granito de arena que el tiempo borra sin esfuerzo prácticamente en el mismo instante de posarlo. Se ocultan información como si de un activo de bolsa se tratara, para alardear de la gestión, comparten conversaciones de pasillo sobre lo bien que está la sanidad en Europa y lo pobres y catetos que somos en España y te recuerdan que estos días para ellos son descontados. No pasa nada, cuando la princesa se despierte, se los cobras y listo. ¿Te paso un teléfono de una agencia de recobros?

No son mucho peores que esa amiga que no puede quedar contigo y te planta, en estas circunstancias, porque le caduca un bono de masaje. Qué desconsiderada yo, no haber avisado antes.   

Tópico: una llamada puede cambiarte la vida. Es ley de vida pero esperas que no pase.

Es fundamental ser positivo, pero sabes que nunca será lo mismo. Necesitará una persona con ella las 24h, mudarse a otro piso, con ascensor, porque hace tiempo que no es seguro que suba las escaleras y tendrá que hacer rehabilitación, recuperar muchas cosas sencillas, como hablar o comer sola. Y aquí es donde podrían empezar las lágrimas, pero no tengo derecho. Es ella quien lo está pasando y nos necesita fuertes, a pesar de la multitud de criterios que la “someterán” en los próximos meses, hasta que consiga hacer valer su palabra, o no.

No fue el día que cumplí 30. El día que pasé a la siguiente etapa fue el día en que le dí la cena a mi abuela. A ella, que nos ha llevado al cole, nos ha cambiado los pañales, nos ha hecho la papilla, nos ha reñido por tirar pipas por la ventana, nos ha contado la historia de una vida (que siempre he pensado que tenía que haber registrado con una grabadora) y nos ha acompañado en los mejores momentos de las nuestras. Hemos jugado a las cartas y al parchís, hemos hecho cruzadas y sopas de letras, hemos visto el tiempo es oro y cifras y letras, hemos celebrado navidades, cumpleaños, bodas y bautizos.

La misma mujer que hasta hace una semana organizaba sola su casa, la compra, sus gastos, hacía su cama, su lavadora y su comida, de momento no podrá hacerlo sola. Y lo que temo no es lo que tarde en recuperarse, lo que temo es que las voces de sus vástagos tapen la suya, aun cuando consiga volver a hablar. Lo que temo es que la traten como a una niña cuando a ella lo que siempre le ha mantenido fuerte es ser independiente. Lo que temo es que el “por tu bien” se convierta en un “para ti, pero sin ti”, una suerte de tiranía bienintencionada de sus vástagos, que le quitarán lo único que la vida, a pesar de lo durísima que ha sido, no le ha quitado nunca: su yo independiente. Porque, si no puede decidir, hacer, salir, bajar, expresar y contradecir, si otros teneis voto sobre su voz, ¿qué le dejais?

#restaurantesyhotelessinniños

Man jodío el finde. Y lo siento y quiero mucho a mis amigas madres o futuras madres, pero es así. Pagaría porque me garantizaran hoteles y restaurantes sin niños, porque al final, el spa termina convirtiéndose en piscina infantil, la zona de cócteles en la del escondite y los pasillos de las habitaciones a las 9am en el tulallevas.

En aquella época no lo entendía, pero ahora sí, entiendo por qué mi tía nos mandaba a los niños a la cama a las 8pm. No porque fuera hora de dormir, sino porque decidía que empezaba el momento de los adultos y nos quería fuera de su vista. Cruel, pero necesario. También entiendo a los padres de los 80, que con una mirada hacían que soltaras lo que hubieras cogido en la tienda y ni se te pasara por la cabeza pedirlo, o te aleccionaban en casa antes de ir a un restaurante y ni se te ocurría levantarte de la mesa de motu propio, antes tenías que esperar a que todo el mundo hubiera terminado, pedir permiso y decir dónde ibas. Y te localizaban sin necesidad de que tuvieras un móvil porque más te valía estar donde te decían la primera vez que te llamaban.

Ahora ya no hace falta nada de eso. Le das un móvil al crío para tenerlo localizado, le sueltas donde quiera que vas y le dejas pegar gritos, aporrear puertas, echar carreras y jugar allí donde le apetezca, porque no se vaya a traumatizar si le dices una vez que no. Y a costa de eso, los demás no podemos disfrutar de una cena romántica, de un spa, de un cóctel ni del sueño y además te miran mal por quejarte. Menuda rara, sólo es un niño.

No me gustan los niños. Pagaría por lugares en los que no les dejaran entrar. Quizá algún día lleguen a gustarme, seguramente se me caerá la baba con los niños de mis amigas y siempre cabe la remota posibilidad de que algún día pretenda tener los míos, incluso me encantan los niños capaces de mantenerse formales y pedir las cosas por favor, pero no me gusta encontrarme a los niños de los desconocidos berreando en los hoteles y restaurantes a los que voy. No me gustan sus llantos por encima de la música del chillout, ni sus gritos cuando intento disfrutar de una cena, ni oírles decir dieciséis veces “mamá” sin que la susodicha les haga callarse, ni que me empapen cuando se tiran a la piscina... Pero es que son niños. Ya. Pero son tuyos. Yo quiero disfrutar libremente de lo que House llama “la bruja que llevo dentro”.