Yo
sí me dí una panzada de llorar. Pero es diferente, en este caso sí
es alguien muy cercano, muy querido... Mi abuela.
Cuando
era pequeña iba todos los domingos a comer a su casa. Al principio
mi abuelo estaba también, hace casi 18 años que ya no. Y siempre en
la sobremesa me contaba una historia. No inventaba cuentos y a menudo
repetía, pero yo simpre escuché todas. Muchas veces pensé:
“debería grabarlo” para conservar sus historias, para el momento
en que dejara de contármelas, pero nunca lo hice y ahora ha llegado
ese momento. Creo.
Ella
me contó cómo tenía que dejar de jugar para trabajar, cosía
chaquetas de caballero y a veces tenía que llevar 20 en el brazo
desde el taller a una casa. También me contó que estuvo sirviendo
en una casa, de dos señoras ricas solteras. Un día llamaron al
timbre en su casa y mi abuela fue a abrir, cuando le preguntaron
quién era, mi abuela dijo “una señora”. A lo que las dueñas de
la casa respondieron: “ésa no es una señora, es una mujer”.
Mi
abuela me contó cómo su madre estaba en la calle, haciendo la
compra, el 18 de julio de 1936 y tuvo que correr. Cómo una de sus
hermanas murió con 7 añitos en una operación de otitis, como los
niños en aquella época morían deshidratados en verano al quitarles
los médicos el agua cuando estaban descompuestos. Siempre ha sido
muy comprensiva y lo explicaba con un “no sabían tanto como
ahora”.
Mi
abuela me contó también cómo su sobrino murió con 17 años porque
se tiró de un tren en marcha. Se había equivocado de tren y había
quedado con sus amigos en un pueblo. Cayó con la nuca sobre una
piedra. Supongo que será por cosas como ésa por lo que ahora las
puertas de los trenes sólo se abren automáticamente en las paradas.
Mi
abuela me contó que tuvo 6 hijos, aunque cuando yo nací le quedaban
5 y a lo largo de su vida se le murió otro. Los 5 primeros los tuvo
en casa y sólo el 5º nació en hospital.
Mil
y una veces me ha contado que su marido se la llevó de luna de miel
a Madrid. A la capital. Imagínate, en el año 1952. Pero era julio y
mi abuela estaba tan harta del calor que al 3er día quiso volver a
casa.
Empezó
con el luto a los 3 años, cuando la vistieron de negro por la muerte
de su abuelo. Desde entonces apenas lo dejó, ni siquiera con su
primer biznieto. Afortunadamente ahora ya sí lleva colores. Toda la
familia fuimos felices de verla por fin de color. Tiene un vestido
naranja de caerse de culo :)
Ahora
no sé si puedo volver a hablar de esto con ella, no sé si entiende
lo mucho que se lo agradezco, no sé ni si nuestras conversaciones
son privadas. Su cuerpo envió muchas señales. Me recuerda la
historia de aquel hombre al que una inundación puso en lo alto de un
tejado y, a punto de ahogarse, llego un hombre con una barca a
ofrecerle ayuda y él dijo: “no es necesario, Dios me salvará”,
después llegó un helicóptero y él respondió lo mismo, hasta que
finalmente murió, subió al cielo y le preguntó a Dios por qué no
le había salvado y éste respondió. “cómo que no? Te envié una
barca y un helicóptero!”
Su
cuerpo envió muchas señales. Llevo meses martirizándome pensando
por qué nadie lo vimos. Estábamos demasiado ocupados con nuestras
propias vidas, haciendo lo mínimo. No quisimos preocuparnos. Su
cuerpo estaba avisando y finalmente dejó de avisar y pasó. Y desde
entonces no paran de intentar llamar la atención sobre cómo están
dejando de lado sus vidas para ocuparse de ella. Ojalá alguien le
preguntara y escuchara realmente lo que tiene que decir, aunque eso
no compensará no haber escuchado a su cuerpo avisando. Yo al menos
tengo un montón de cosas que agradecerle. Lo bueno es que sé que
hay alguien más que también lo hace.
