Al
principio, sólo te vi las manos, de dedos largos, blancos y suaves
al tacto, moviéndose con agilidad sobre la pantalla táctil de tu
tablet. Me hechizaron y se me olvidaron las normas de educación y me
quedé fijamente mirando cómo se movían, frágiles pero masculinas,
con un anillo en un dedo corazón, plateado, con un bajorrelieve de símbolos celtas.
Hice
lo posible por acomodarme en el asiento de enfrente. Coloqué mis
cosas. Las piernas recatadamente juntas, el bolso sobre las rodillas
y saqué mi libro. Sólo para disimular, porque no podía quitarte
los ojos de encima. Una camiseta de algodón gris cuyo cuello
comenzaba un poco más abajo, con 3 botones en el pecho. Ligera, caía
sobre la piel blanca, sin apenas vello, sugiriendo sin marcar los
músculos de los brazos. Arremangada hasta medio antebrazo.
Unos
pantalones vaqueros que con dificultad te llegaban a los tobillos
(1'90?) dejaban ver unos calcetines grises, desgastados, la goma
resbalando por la pierna. Y sobre ellos, unos zapatos altos de tela
fina marrón camel, con doble lazo en los cordones.
Rubio,
atlético, de ojos claros y piel blanca, fina y perfecta, con apenas
el vello justo... y esas manos que me estaban hipnotizando, que no
podía dejar de observar. Rápidas, sutiles, proporcionadas,
hermosas.
La
búsqueda de la belleza a veces se complace en un lugar cualquiera,
en un vagón de metro. Yo me quedé hipnotizada por tus manos...
