No
es que se estuviera liando con otra, quizá ni siquiera tenía que
ver con otra mujer, tampoco le estaba notando un comportamiento
sustancialmente diferente... eran sus gestos. Sus amigas pensarían
que era una gilipollez, pero porque las pobres eran unas ñoñas de
mucho cuidado que aún llevaban la misma cinta de seda rosa
transparente alrededor de los ojos para no ver. Ada era capaz de
darse cuenta de esos pequeños detalles que se habían perdido, ahora
no sabía muy bien dónde.
A
Víctor le brillaban los ojos cuando se sentaban el uno frente al
otro, no hacía falta que ella dijera nada, él tenía esa mirada
especial que le había visto cambiar cuando llegaba otra persona. Se
reconocía en esos ojos vivos, color caramelo. Pero ahora se había
dado cuenta de que la miraba como a los demás.
Tenía
también un movimiento rápido con los dedos sobre los bordes de la
barba que sólo hacía cuando estaba realmente interesado en algo. Y
sólo se lo había visto hacer en las largas conversaciones con sus
amigos, siempre regadas con un buen vino y cuando estaba con ella. Lo
que la hacía especial, es que podían sentarse uno frente a otro,
sin decirse nada, y él siempre hacía ese gesto de sumo interés.
Ahora
ya no. Y no es que la importara, porque después de casi 8 años las
cosas habían evolucionado de forma bastante diferente a como ella
esperaba... O sí, si la importaba, porque si no, no estaría
pensando en esto justo antes de dormirse.
Ada
nunca lleva nada puesto para dormir. Siempre dice que la ropa es para
cubrirse ante los demás pero que en su casa no tiene por qué
hacerlo y menos en un momento tan relajado como es meterse en la
cama. Por eso sus sábanas siempre son tan suaves y huelen tan bien,
porque para ella irse a dormir es como volver a ser un bebé después
del baño, justo en el momento en que te masajean con la Nenuco y se
te cierran los ojos sin querer.
[Continuará...]
